Opinión | Punto y aparte

Cosas que solo sabe el Mediterráneo

Tengo antepasados que jamás vieron el mar. De hecho, no se podían ni imaginar lo que era. Y fueron felices o, al menos, lo intentaron. Yo lo siento tan dentro de mi que no me imagino no respirar su cercanía.

Secretos y amores del Mediterráneo.

Secretos y amores del Mediterráneo. / Miguel Angel Montesinos

No recuerdo la primera vez que vi el mar Mediterráneo. La 'mar', para los de aquí. Son mis padres quienes custodian por mi ése retazo de memoria infantil que nunca atesoraré. Tengo en mi casa un puñado de fotografías anaranjadas en las que se me ve en medio de los dos, segura y confiada, dejando que mis pequeños pies sean arrastrados por encima de las piedras pulidas por el agua de la playa de Almenara. Dejándome guiar por ellos dos. Y se me ve feliz y hasta me exhibo, a pesar del notable pañal que se vislumbra detrás de mi diminuto torso. Mi madre lleva un pañuelo en la cabeza, típico de los años 70. Franco ya ha muerto y en breve se votará la Constitución.

Vengo de familia de marineros, o de pescadores, como se quiera llamar. Supersticiosos, prudentes y reservados. Con la mar, no se juega. Y si te golpea la corriente, no vayas en su contra. Déjate llevar. Flota. Hazte el muerto. Pero jamás intentes desafiarla y llevarle la contraria. Es demasiado profunda y misteriosa para un simple ser humano. Aunque también sirve para enamorar. Dicen que un tatarabuelo mio de Almassora sedujo a mi tatarabuela vendiéndole, con un sublime palique, que era todo un 'capitán de barco'. El hecho de que en realidad tuviera una humilde y simple barquita no fue obstáculo para que la muchacha no se echara atrás. Afortunadamente para todos los que vinimos después. Una gran parte vive y hace del Grau de Castelló un precioso lugar.

Otro de mis tatarabuelos, de la Extremadura verde, se vio obligado a cruzar el Atlántico en pleno siglo XIX siendo apenas un chaval para cumplir con la patria y dejar tres años de su vida en Cuba, luchando contra los lugareños por un modelo de estado en caduca descomposición. Cuando su buque, el Vapor Juan Fargas, volvió a casa a finales de octubre de 1898 había visto suficiente agua para toda su vida, había menguado e hizo lo que pudo para mantenerse en vida un par de décadas más. Lo necesario para que naciera mi bisabuelo, afortunadamente para todos los que vinimos después. Su salud, constantemente asaltada por bacterias, dengues, una mala alimentación y enfermedades de todo tipo, regresó a su tierra tan descompuesta como la de muchos de los compañeros que volvieron con él y como aquel imperio en el que jamás se ponía el sol. 

De la huerta a la guerra

Otro bisabuelo mío pasó de la huerta murciana a las matanzas de la guerra de Marruecos. Servir a la patria, ya saben. Al volver, pudo hallar cierta paz en la hipnótica isla de Mallorca y, después, en las largas playas de Santa Pola y Torrevieja. Las Salinas, cómo le gustaban las Salinas, recuerda mi abuelo. La guerra, de nuevo y esta vez entre hermanos, se lo volvió a llevar todo. También a él. 

Tengo antepasados que jamás vieron el mar. Ni un solo día de su vida. De hecho, no se podían ni imaginar lo que era. Y fueron felices o, al menos, lo intentaron. Yo lo siento tan dentro de mi que no me imagino no respirar su cercanía. Siguiendo su marcada silueta subí de València hasta Barcelona, donde me paré en mi juventud para formarme en este humilde oficio que me permite escribirles hoy. Bajándola encontré a mi compañero de vida, en Málaga. Serrat le dedicó una de sus canciones más famosas. Yo me conformo con que no desaparezca jamás.

Hoy, cuando València acoge el foro más importante de los últimos tiempos para analizar el futuro del Mediterráneo, de la nostra Mediterrània, y escuchar su voz, me detengo a recordar mi vínculo con este 'pont de mar blava' que nos une por dentro y entre nosotros.