Opinión | tribuna
Cátedras

La llegada de Begoña Gómez al juzgado, en imágenes / José Luis Roca
Hay palabras tan imponentes que tienen autoridad propia. Uno las pronuncia y espera que un silencio reverencial se produzca a su alrededor. Encierran un pasado tan glorioso y milenario, que causan asombro. Una de ellas es la palabra «cátedra». Si alguien tiene algo que ver con alguna, entonces se lleva algo importante entre manos y formará parte del 0’02 por ciento de la población española, una verdadera distinción. Por supuesto, se espera del privilegiado que se haya quedado ciego estudiando, haya pasado diez oposiciones y se parezca algo a Fraga Iribarne, el catedrático por excelencia, el arquetipo de aquellos tiempos en que esta excéntrica fauna vivía en su propio gueto, en aquellos pisos cercanos al Arco del Triunfo de Moncloa -no es una metonimia- que se conocían como La Profesorera.
Ese arquetipo sucumbió hace tiempo. Funcionaba bien cuando había pocas universidades, menos estudiantes, menos cátedra, menos libertad y menos de todo. Ahora, cuando la Universidad se ha proletarizado, cuando las privadas son un negocio que amenaza burbuja -Andalucía creó cuatro en diez meses-, cuando los profesores por horas se disparan, y cuando el personal académico es esclavo de mil procedimientos burocráticos sádicamente establecidos para disuadirlo de hacer algo más allá de producir títulos como churros, la palabra cátedra ha dejado de tener aura. En América Latina, que van por delante, el profesor de cátedra es el grado más bajo del escalafón.
Estoy hablando de cátedras normales, ese lugar al que ahora se llega cuando pasas de los cincuenta años, tras haberte amargado la vida con acreditaciones torturantes, en las que te la juegas si te toca un evaluador hostil, y luego de hacer cola un par de años para que tu universidad te saque la plaza. Podría seguir con mil detalles que muestran que nadie debería creer que cuando se menciona la palabra cátedra está ocurriendo algo importante.
Pero el lenguaje es todavía más extraño en sus operaciones y forja construcciones pomposas, sintomáticas de la irrelevancia de la realidad que nombra. Una de esas construcciones es «cátedra extraordinaria». Si ya la primera palabra tiene su carisma, la segunda resulta hiperbólica. Apunta a un carisma excepcional. Eso parece que la UCM creó para Begoña Gómez. Algo excepcionalmente valioso, raro. La opinión pública debe saber que no es así. En realidad, el propio rector Goyache lo desmontó cuando dijo que solo en su mandato se habían creado unas sesenta. ¡Sesenta realidades extraordinarias!
Cuántas existen de verdad, ni se sabe. En mi facultad, por ejemplo, hay tres, que yo sepa. Una se llama Sanz del Río, otra José Gaos y otra, recién creada, Personalismo cristiano. De la primera los más antiguos del lugar no recuerdan una actividad. De la segunda se añoran los viejos tiempos cuando una generosa fundación la apoyaba. De la tercera he sido testigo asombrado de su creación por mi Junta de Facultad. Fue creada para pagar un voto decisivo para elegir al nuevo decano, y como suele pasar desde Viriato, el pobre beneficiario va mendigando por ahí que alguien le transfiera diez mil euros prometidos antes de la elección.
La genealogía de las cátedras extraordinaria a veces es de este nivel y muestra que se necesita muy poca influencia para este tráfico de influencias. En realidad, una cátedra extraordinaria es una tarjetita. Si tienes patrocinadores haces cosas. Si no, nada. El nivel académico que se requiere para fundarla es, como en el caso que relato, ínfimo. Pero si puedes asociarla a un patrocinador la cosa cambia. En la cátedra José Gaos el patrocinador era una fundación, pero ella no daba clases ni era remunerada por ello. Las cátedras extraordinarias no tienen, como todo lo que sucede en la Universidad pública, ánimo de lucro, aunque hubo épocas en las que hubo rumores que alguna gente cobraba por dirigir tesis doctorales. Esas cátedras no rozan jamás los títulos ordinarios. Por eso son extraordinarias.
Por supuesto, aumentan el capital social de los participantes, que pueden tener su actividad profesional más o menos cercana a la actividad de la cátedra. Nadie pretende ni exige que quien participe en una cátedra extraordinaria solo tenga esa actividad. Como he dicho, a veces la actividad de la cátedra extraordinaria es cero. Que una co-directora sin grados se dirija a los asistentes en alguna actividad de la cátedra dependerá del sentido de la actividad. No podrá hacerlo en una actividad reglada con títulos oficiales. Sí en aquellas actividades que implican transferencia de experiencia y conocimientos.
Extraña a los que hemos leído el interrogatorio a Goyache que un juez que hasta hace unos meses era profesor asociado, un asalariado del rector, ignore estas cosas de la Universidad, donde la única manera de no enterarte de lo que vuela por los pasillos es irte a vivir a un iglú en Alaska. Lo que parecía buscar su señoría Peinado es que el mundo entero supiera que la Sra. Begoña no tenía titulación universitaria -lo que en verdad no necesita para lo que hace. Se buscaba esa humillación. Y en la confusión, producir el escándalo: ¡La UCM da una cátedra a alguien sin titulación!
Y así circula todo. Y mientras tanto, construimos la impresión de que el Gobierno Sánchez está maniatado por una nueva Gürtel y el rector de la UCM no puede levantar la voz contra la nueva ley de Universidades de la Comunidad de Madrid. Dos poderes democráticos paralizados por una instrucción. Dos al precio de uno. n
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