Opinión
Sánchez, entre el caos y la nada
La convocatoria del congreso federal del PSOE es la enésima prueba de que, con presupuestos o sin ellos, no hay anticipo electoral en el horizonte inmediato

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez / Eduardo Parra - Europa Press
El PSOE celebrará congreso federal en noviembre. Había dudas entre los dirigentes socialistas sobre si Pedro Sánchez llamaría a capítulo o demoraría el cónclave. La convocatoria es la enésima prueba de que, con presupuestos o sin ellos, no hay anticipo electoral en el horizonte inmediato. Y abre los procesos en cascada que fijan los estatutos: tras el federal, vendrán los «nacionales»/autonómicos, tras estos los provinciales, los locales y los comarcales. El partido estará meses abierto en canal. Pero acabará como Sánchez quiere, unido bajo un solo líder, transformado en conducator, y un mismo discurso, igual en Bilbao que en Sevilla, en Badajoz que en València, en Barcelona que en Las Palmas. Ahí te han dado, Emiliano.
Sánchez llama a asamblea porque no puede llamar a elecciones. Los números no salen. Puede que el PSOE mejorara resultados si se convocara a las urnas, aunque es discutible. Sí, Salvador Illa es el primer presidente catalán no independentista en más de una década y al Rey vuelve a recibírsele con honores de tal en la capital condal. Sí, el relato está en consecuencia construido: Sánchez no ha hecho nada apretado por la necesidad de los siete votos de Puigdemont, sino que todo lo ha hecho por el interés de España, que ahora va mejor. Su necesidad ha acabado siendo nuestra virtud, como él predijo. Alabado sea el señor.
Pero los socios a la izquierda, digo de Sumar, están en caída libre. Así que restan. Los aliados nacionalistas son más inestables que nunca. Y los rotos en el vestido socialista que todo esto está causando resultan ser grandes agujeros, tanto en términos electorales como en clave interna. Por eso no puede haber por ahora elecciones. Y sí tiene que haber congreso. Urge cerrar filas y cortar de raíz cualquier disidencia. Sánchez es un experto en huidas hacia delante: si surge un obstáculo señala otro mayor, pero más lejano, para distraer del que tenemos a la vista. Los próceres socialistas van a tener que dejar de ocuparse de Cataluña, enredados en preocuparse por ganar sus asambleas y que no les roben en un descuido el bocadillo. La investidura de Sánchez costó una amnistía. La de Illa, el abandono de la solidaridad interterritorial. Pero Sánchez les acaba de decir a los dirigentes socialistas que le dejen todo eso a él y se centren durante el próximo año en mirarse el ombligo.
Sánchez ya tensionó las cuadernas del PSOE hasta poner en peligro la estabilidad de la nave con la amnistía. Pero la financiación, el concierto catalán por entendernos, amenazaban ahora con terminar de desbaratarlo todo. La nómina de pensadores del universo socialista contrarios a la política que está ejecutando, lejos de menguar, ha ido creciendo. La amnistía ha sido un engendro, pero se podían alegar razones en su favor aunque no convencieran. Pero el concierto fiscal para Cataluña va directamente contra la esencia de lo que la socialdemocracia es. El congreso que se dispone a perpetrar el líder socialista no tiene otro objetivo que el de ratificar que el puño y la rosa han dejado paso a los tres monos: esos que se tapan los ojos, los oídos y la boca. O, si lo prefieren, al gato de Deng Xiaoping, importado a España en su día por Felipe González. Ese que da igual si es negro o blanco, mientras cace ratones. O mientras mantenga el Gobierno, si hablamos de Sánchez, aunque sea a cambio de desterrar cualquier convicción. Es lo que hay. Dirán que peor lo tienen los otros, los del PP, que llevan siete años sin celebrar su propio congreso y ahora Feijóo ha vuelto a aplazarlo ad calendas graecas. Pero si ese es todo el consuelo que los antaño activos militantes socialistas pueden encontrar en la situación en la que ahora viven, apaga y vámonos.

Alejandro Soler, Diana Morant y Carlos Fernández Bielsa, en una reunión de la ejecutiva. / Levante-EMV
Sea como sea, la cita federal de noviembre va a poner también frente a sus contradicciones al PSPV, que tendrá que celebrar a continuación su congreso ordinario. Se ha escrito que el liderazgo de la ministra Diana Morant no está en cuestión. Formulado así, el aserto no es del todo correcto. Lo que no está en peligro es su cargo, porque no parece que haya ningún otro candidato capaz de sacar cabeza contra Sánchez para disputar a la ministra la secretaría general. Pero el liderazgo es otra cosa, y en este caso simplemente no existe. Bajo la batuta de Santos Cerdán y del veterano José Manuel Orengo, Morant recuperó la vieja fórmula de paz por territorios para cerrar sin debate ni votación el congreso extraordinario que la aupó a la secretaría general. El resultado, hasta aquí, sólo puede calificarse de decepcionante.
Porque en el caso de Alicante, ese pacto ha conllevado la práctica desaparición del PSOE como actor político. La ejecutiva provincial que preside Alejandro Soler no tiene otra función que la de asegurar al ilicitano el respaldo suficiente para seguir ocupando puestos de salida en las próximas listas. Punto y pelota. No hay más. No sabemos cuál es la posición del PSOE en ninguno de los temas que importan a la ciudadanía. No sabe, no contesta, da igual si hablamos de la última arremetida del gobierno de Mazón contra la Universidad de Alicante o del desmantelamiento de cualquier programa industrial que no esté relacionado con la hostelería. La sede provincial del PSOE de Alicante es como Marte: se sabe que alguna vez hubo allí vida, pero no hay pruebas de que a día de hoy siga habiéndola.
En el caso de Valencia, Bielsa tiene razón al plantear que hay que abandonar la dialéctica de las trincheras frente al Consell del PP y buscar aproximaciones allá donde dos partidos de gobierno puedan entenderse. Más aún, cuando la fuga de Vox deja abiertas puertas para el diálogo con un Mazón que, por mucho que lo disimule, no puede cambiar las matemáticas, que son una ciencia exacta: le faltan diez diputados. Pero se equivoca cuando ese argumento lo lleva a la práctica sólo en su condición de alcalde. Si te comportas como alcalde, serás visto como eso: un alcalde, no un líder político de una organización que pretende gobernar la Comunitat Valenciana y no sólo un puñado de municipios. La comparecencia conjunta con Mazón hace unos días en Mislata, donde sólo faltó que alguien gritara el «¡vivan los novios!» de rigor, fue un triunfo de Mazón en toda regla. Otro más. Si Bielsa quiere ser referente, lo primero que tendrá que hacer es salir de su zona de confort y adentrarse en territorio comanche, sea en Valencia, Alicante o Castellón. Y, desde luego, demostrar con los hechos cómo se puede dialogar con el PP sin que parezca que le rindes pleitesía.
Nada de esto parece motivar a Morant. Todo indica que la paz de los cementerios instalada en Alicante le parece bien, aunque suponga rendir definitivamente una plaza donde el PP tiene muchos más problemas que los que aparenta pero no van a ser los Soler, Franco y compañía quienes los exploten. En el caso de Valencia, los movimientos de Bielsa son de momento como la urticaria: molestan, incluso desasosiegan, pero el picor está localizado y no anticipa males mayores. Así que, así está el PSPV: transitando, sin mayor pena ni gloria.
Hubo un tiempo en que los socialistas valencianos acudían a los congresos federales como una fuerza relevante. En momentos decisivos para el partido, dos secretarios federales de Organización salieron del PSPV. Eso pasó a la historia. El PSPV acudirá a Sevilla a dar por bueno lo que Sánchez quiera, sin proponer debate alguno que pueda salirse mínimamente de la línea oficial. Y eso tendrá consecuencias, porque Sánchez podrá seguir manteniendo la divisa de que el fin justifica los medios. Pero Morant tendrá que volver luego aquí a sostener, por ejemplo, que el concierto catalán es lo mejor que le podía pasar a los valencianos, cómo no lo habíamos pensado antes. La propuesta de Sánchez para que el congreso federal del PSOE abandone el principio de la redistribución y lo sustituya por el de la caridad (el norte próspero dará al sur supuestamente deprimido aquello que le sobre, por resumir la situación), la idea fuerza del secretario general, digo, para conseguir esa torsión es la que tan brillantemente resumió Ramón en aquella portada de Hermano Lobo en la que un preboste proclamaba: «O yo, o el caos». La gracia de esa viñeta es que el público respondía: «¡El caos, el caos!». En el próximo congreso federal no pasará eso. Se bendecirá lo que Sánchez diga, para eso se convoca. Pero el PSPV aún podría acudir llevando una lección que enseñar al resto. La de que a veces, por eludir el caos, se acaba en la nada.
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