El flaco

Opinión

El Flaco y sabina

El Flaco y sabina / Levante-EMV

Alfons Cervera

Alfons Cervera

 El Ojo. Ese personaje que protagoniza La mirada del observador, una novela de Marc Behm absolutamente imprescindible. Nada se le escapa al protagonista. El tiempo no cuenta para él. Ni el espacio. Está en todas partes. Anda siempre tres pasos delante de ti si eres tú a quien espía. Pero si te vuelves, lo verás a tu espalda. Algunas veces vive ese amor que siempre sale bien en los sueños. Nunca fuera. Pero siempre está, ese amor volátil, cuando llega la hora del crepúsculo: “un crepúsculo especial”, piensa el Ojo. Un encargo al detective privado para seguir a alguien, como en tantas y tantas novelas policiales. Saca del cajón su Minolta. Hay que fotografiar hasta las sombras. Para iluminar las sendas que se vayan abriendo en la investigación. Surgen de esas sombras los personajes, aparecen y desaparecen, los autos circulan hasta el escacharre final. Lo que queda de la noche, de la persecución insospechada por la víctima. Nadie sabe que hay una mirada a la que nada se le escapa. Ahí están las imágenes para que se sepa que eso es cierto. La mirada del Ojo no miente. Por algo es el mejor observador de lo que pasa. Como mi amigo José García Poveda, al que todo el mundo mundial conoce como El Flaco. El Ojo. El Flaco. Dios…

Dibujo de Artur Heras

Dibujo de Artur Heras / levante-emv

Hace más de cuarenta años que nos conocemos. Vaya poca gracia eso de que, a estas alturas, de todo haga ya más de cuarenta años. Siempre iba con su cámara al hombro. Lo veías y no lo veías. Una moto casi de niño que no hacía ruido, como si le sirviera para sorprender en silencio la pared donde alguien estaba pintando la palabra libertad cuando esa palabra y otras como ella aún no estaban corrompidas. La ciudad era un campo de batalla algunas veces en aquellos años. Dicen que fueron dulces los ochenta del pasado siglo. De todo había. Dulce y amargo. Y todo entraba en la cámara del Flaco. Ahora lo veo, una vez más lo veo, en la exposición que hay montada en el MuVIM, el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad, en València. No me imagino las tripas de la Sony expuestas al público. Pero ahí están. Ahí están Las Pintadas del Flaco.

Pintada

Pintada / Levante-EMV

Hace veinte años esas imágenes vieron la luz en un libro editado por la Universidad Politécnica de València. Ahora cuelgan de unas paredes que vuelven a hablar como si no hubiera pasado el tiempo. Cuarenta años de una ciudad que el Flaco ha recorrido y sigue recorriendo como si aquella vieja Lambretta casi de juguete anduviera espiando en silencio las calles del Carmen y sus rincones más desconocidos. Nada escapaba a la curiosidad del Ojo. Siempre lo veíamos y no lo veíamos. Estaba en todas partes. Tres pasos delante y cuando te volvías ahí estaba él, guardándote la espalda. Al revés que casi todos sus colegas, el Flaco apunta, dispara y casi todas sus fotos son de toma única. Como si dijera, que lo dice: para ese careto tuyo ya hay bastante con un click. Y se ríe. Se ríe con una risa abierta, como de niño grande, como de cachondeo, y de repente se pasa a una rabia que le aprieta la boca porque hay veces en que vivir es, como dice mi amiga Marta Sanz que decía Fernán Gómez, una mierda pinchada en un palo. Escribe eso Marta en Los íntimos, su último libro. El Ojo también metió a la amiga en las tripas de la Sony. Muchas veces. Porque no lo he dicho antes, pero la ciudad del Flaco está llena de gente. Era imposible escapar a la zona oscura donde reinaba el Gran Hermano. Todo era territorio cautivo para su condición de espía insobornable.

Como si nada hubiera desaparecido

Ha pasado mucho tiempo y cada cual andará a saber dónde. Lo mismo pasa con los sitios de entonces. A saber. Ya no existe el café Cavallers de Neu, que ahora cumpliría y va a celebrar en octubre sus cuarenta años desde su apertura en aquel lejano 1984, y el Café Lisboa ha cambiado de sitio pero no ese corazón que llenaba de poesía las noches del barrio. Ya no existen muchas de las paredes que el Flaco retrataba a veces si bajarse de la moto. Pero al ver de nuevo las imágenes del MuVIM es como si aún existieran, como si nada de lo de entonces hubiera desaparecido. Al fin y al cabo, la memoria es como la cámara del Ojo. Ahí está todo. Ahí el tiempo, los años transcurridos. La fragilidad de los recuerdos.

En esta columna te he robado algunos de esos recuerdos, querido Flaco. De eso hablaba Tom Waits en Innocent When You Dream, una de sus canciones inmortales. Los sueños siempre serán los sueños, como el amor del Ojo aquel crepúsculo especial en una novela llena de oscuridad y de belleza. La inocencia de los sueños, Flaco, en el papel de tus fotografías. Algunos de esos sueños siguen ahí, intactos, con la fuerza de aquellos días tan lejanos. Otros, sin embargo, se han visto convertidos en la zona cero de nuestras vidas. Ni unos ni otros exigen ninguna redención o pleitesía. Simplemente están ahí, para que nos miremos en un tiempo que no fue mejor ni peor que otros de antes o de los que vendrían luego. A ver Flaco, a ver esa risa cuando leas esta columna de domingo, ¿vale? A ver esa risa. Y los abrazos.