Opinión | Bolos

La FSP pilló la matrícula de Llinares en Antifraude

La Federación de Empleados y Empleadas de los Servicios Públicos (FSP-UGT PV) demandó al denostado héroe cultural del Botànic, José Luis Pérez Pont, por el cambio de funciones de algunos puestos de trabajo en el Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana. Bajo ese eufemismo laboral se escondía la disposición del bueno de Pérez Pont para que los funcionarios hicieran turnos también los sábados y domingos en el Centre del Carme. El sindicato afeó al demandado que no negociara la medida con los trabajadores. Tras intensas negociaciones internas, la UGT se avino a retirar el requerimiento.

El exdirector de la Agencia Valenciana Antifraude, Joan Llinares, tuvo la osadía de cuestionar el nombramiento de la directora del Instituto Valenciano de Conservación y Restauración de Bienes Culturales (Ivacor), Gemma Contreras, cuando estaba procesada por presuntos casos de prevaricación y malversación, juicio de la que salió absuelta. Pero resulta que la respetada, reconocida y solvente conservadora es la pareja del dirigente de la FSP-UGT Gonzalo Fernández. Así que a Llinares pronto le anotaron la matrícula ese lobby sindical que ha hecho de la administración pública un cortijo, y por extensión en el PSPV. Mal enemigo se buscó el hasta hace poco ombudsman botánico contra las irregularidades y su prevención. Se la tenían jurada, vamos, tanto que en la FSP casi han brindado por la designación de Eduardo Beut como nuevo director, porque el PP suele atender mejor la paz sindical, como quedó demostrado en los anteriores lustros populares y en lo que llevamos de Administración Mazón.

La deriva de los aún denominados sindicatos de clase es una de las crisis que la izquierda siempre aparca. Por ejemplo, el único caso mundial donde un presidente del comité hace de portavoz de la empresa es en Ford-Almussafes. Pues así se explica que el PSPV no se pueda gobernar sin el beneplácito de las dos federaciones más potentes de la UGT, lo que aleja al actual socialismo cíborg valenciano de la realidad de miles de empleados que han dejado de creer en la afiliación sindical por estas y muchas otras razones de clientelismo. n

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