Color local

Gandia, el musical

La urna con los restos de San Francisco de Borja

La urna con los restos de San Francisco de Borja / Àlex Oltra

J. Monrabal

Gandia tiene un montón de himnos (a la ciudad, a la Delicà, al Club de Básquet Gandia, al Club de Fútbol Gandia, a la Fideuà, a la Junta Local Fallera, a San Nicolás) y aunque poca gente se sabe alguno entero (en esto pasa como con ‘La Internacional’) no por eso dejan de anunciarse regularmente. Tan entusiastas somos de los himnos que incluso un conocido mío escribió por iniciativa propia uno muy alegre para el Club de Fumadores de Marihuana, pero cuando ya lo había pulido del todo cerraron el local, tras una eficaz intervención policial que se saldó con un par de detenciones. Ahora que ha llegado a Gandia el cofre del Duque, sabemos que venía con otro himno adosado, aunque seguramente esa veta filarmónica esté ya seca, por mucho entusiasmo, corales y ostentosos estrenos que se le echen. A estas alturas está bastante claro que ya vamos mereciendo un musical.

No solo porque entre tanto himno pueden trabucarse las partituras y que un día acabe sonando en honor del Santo Patrón el himno del Club de Fútbol Gandia, o el de la Fideuà, o incluso ‘La Internacional’, poniendo en grave riesgo la reputación del gobierno local, sino porque como bien dice nuestro alcalde necesitamos «avanzar». Si otras ciudades tienen sus luces deslumbrantes, y han demostrado que pueden competir hasta con La Ciudad de la Luz a base de ingenio, Gandia, con mucho más ingenio y gracia, debería prepararse para competir con Broadway.

Sentada la necesidad de un musical, sería oportuno comenzar a pensar ya en el esquema general de la obra. En ese sentido, me atrevo humildemente a sugerir que debería alejarse de modernidades profanas tipo Grease, West Side History o Moulin Rouge y ceñirse a la figura del Santo Patrón como eje vertebrador de un espectáculo destinado a entretener y formar a las familias al tiempo que les afirma en la fe verdadera y (lo que ya viene a ser lo mismo) en las señas de identidad de la ciudad. Y sobre el argumento en particular, se impone como punto de partida la pregunta formulada por el Abad el día de la llegada del cofre con los restos del santo: «¿Qué hace esa urna en Madrid, por qué no viene a Gandia para siempre?». Interrogante que implícitamente contiene el título (al menos provisional) del musical: «Mos el volen furtar!», más que adecuado teniendo en cuenta que también ha servido para reivindicar el verdadero origen de la paella.

Los números musicales de «Mos el volen furtar!» tampoco serían, en mi opinión, difíciles de crear. En vista de nuestra facilidad para producir himnos, simplemente habría que reorientar la inspiración musical a otro registro y, con respecto a los intérpretes, huelga recordar que el afán de lucimiento del alcalde y del jefe de la oposición permite contar, de entrada, con dos protagonistas dispuestos a hacer lo que haga falta con tal de ser vistos, reduciendo así los gastos de producción. Cierto es que ni Soler ni el alcalde saben cantar, ni bailar (no hay más que ver al alcalde intentando bailar en los geriátricos), pero también decían eso de la Caballé y de Rosalía, y de Beyoncé y de Elvis en sus inicios. En el consistorio, Alícia Izquierdo es la única con alguna aptitud musical conocida (toca la guitarra) aunque su afasia crónica la relega fatalmente a papeles secundarios (abrir o cerrar puertas) en «Mos el volen furtar!» Sin embargo, podría componer algunos temas menores del musical.

No quisiera dar la impresión de que «Mos el volen furtar!» es un proyecto fácil, pero tampoco es tan complicado como pudiera parecer, a poco interés que se le ponga. Por ejemplo, una vez fijado el argumento, el primer acto podría comenzar así: tras aparecerse la Virgen a dos pastorcillos (Prieto y Soler) en un placentero prado, les exhorta a dejar de reñir y a dirigirse con urgencia a Gandia para defender los restos de San Francisco de usurpaciones foráneas. Los devotos muchachos ponen rumbo a la ciudad, corren sin desmayo y cuando llegan a la Seu se arrodillan jadeantes ante el cofre, mientras uno de ellos canta: «Gracias a ti y a las santas tradiciones/ volveremos a ganar las elecciones». En esto se oye la voz del Santo emergiendo del cofre, que entona con un fondo de arpas: «Pese a tantos tumultos y desfases/ está claro que siempre ha habido clases». Entonces interviene el segundo pastorcillo, que, tras acariciar el cofre, canta a su vez: «Yo cortaré la mano que te expropia/ mas no confundas original y copia». De nuevo vuelve a escucharse la melodiosa voz del Santo: «Me place que dos pastorcillos moderados/ defiendan mis restos venerados». En ese momento aparece el Abad abriendo las puertas de la Seu con ayuda de Alícia Izquierdo para dar paso a la multitud que, enterada de que el Santo canta en su urna como un canario en su jaula, comienza a corear en un bello crescendo «Oh milagro/ Oh milagro/ Oh milagro/ en la ciudad Ducal», mientras un señor con un megáfono informa: «con motivo del milagro, las visitas al templo pasan a costar el doble. Pueden abonar el importe al salir. Orden, por favor, orden».

No sé, a mí me parece un buen principio que, además, pasaría sin problemas la censura previa. Iba a comentarle todo esto a ese conocido mío que escribió el himno del Club de la marihuana, pero resulta que se encuentra en busca y captura. De todos modos, regalo la idea al consistorio para hacer de Gandia una ciudad mejor, más culta, más cosmopolita y sin complejos ante Broadway.