Opinión

El IVAM y la cultura de la importancia

La exposición, una más de las extraídas de las bodegas del IVAM (eso de hacer de la necesidad, virtud, tampoco es nuevo), sirve además para decir al mundo que este museo resiste

IVAM.

IVAM. / Eduardo Ripoll

Suelo acabar en museos los días turbios, cuando el ánimo anda averiado. Son lugares donde el ritmo baja, gana el silencio y puedes levantar la vista y reencontrarte junto a otros náufragos. Un museo es un lugar que te recuerda que tu universo es diminuto y te consuela mostrándote que no estás solo en tus preocupaciones, dolores y daños. Me gustan especialmente los de arte contemporáneo, allí donde lo extraño te anima a buscar un significado. Cuando la conexión funciona (como sucede a veces en un auditorio, un teatro o ante un libro), la sensación es de respirar debajo del agua. Como si todas las piezas del mundo encajaran y nada pudiera pasar.

Hace unos días volví al IVAM. No había visto la exposición ‘Un contínuum común indefinidamente liso’ (toma nombre), a la que le quedan pocos días, y me encontré con todo eso que decía antes. Me vi frente a mis contradicciones y oscuridades, que no son particulares, y frente a un pasado que es presente o un presente que es pasado, porque casi todo lo que creemos nuevo ha sido y lo diferente son nuestros ojos. Me encontré entre el ruido, la confusión y la necesidad de orden (la geometría) y ahí apareció el río de la vida, el contínuum del arte y la razón.

La exposición, una más de las extraídas de las bodegas del IVAM (eso de hacer de la necesidad, virtud, tampoco es nuevo), sirve además para decir al mundo que este museo resiste. A pesar de años extraños, de desprecios de los poderosos, de gestiones torcidas, de proyectos demasiado girados hacia el ombligo propio, de la fuerte competencia territorial que se ha abierto, de agravios inversores, a pesar de todo eso, cualquier paseo por la colección del IVAM enseña que es lo mejor que hemos creado como valencianos en esta democracia que parece que ha pasado de joven a agonizante sin transición mediante. Es nuestra mejor carta de presentación como sociedad seria, atenta al pasado y preocupada por construir un futuro algo más digno.

Ahora que parece que la inversión pública en cultura (o lo antes conocido como cultura, más allá de Broncanos y Motos y esa polarización que nos oprime hasta en la tele) cotiza a la baja, ahora que impera lo rápido y el mainstream, alguien debería recordar que espacios como este dignifican una sociedad. Lugares como este separan a una ciudad que quiere decir algo en el orden internacional de una de medio pelo. Si mañana se acabara la autonomía y este discreto autogobierno, tendríamos algo material (más allá de conceptos) de lo que envanecernos, algo aún válido para presentar al mundo como colectivo. El orgullo, si permiten, es algo mayor porque este espacio es de todos, no es una iniciativa particular o empresarial, que están muy bien y ojalá hubiera más, pero estas salas y estas obras, algunas tan incomprensibles y extrañas, tienen algo de todos y solo se deben a todos.

En fin, el IVAM, solo quería decir, aún resiste y aún es un filtro de vapores tóxicos, como el que se ve estos días en una sala. Y deberíamos cuidar de estos espacios que parece que nada aportan, pero son hospitales del alma, espacios que animan a expandir el pensamiento.

Ahora que unos proclaman que ya no hay alta cultura, digerida por lo popular y masivo, un buen museo ayuda a entender que tampoco ese debate es nuevo, que aquello que define lo contemporáneo es precisamente que los márgenes son difusos y el arte es impuro, que ya Picasso y Lorca, por decir dos indiscutibles, ya bebieron de la cultura de las masas y gozaron con coplas, bailes populares y fiestas de toros. No creo que hoy seamos más impuros, quizá solo los componentes de ese mestizaje son más numerosos y diversos. Y quizá, alguno, más tóxico.

Podríamos hablar de la importancia de la cultura, pero quiero pensar que eso no es noticia en 2024. Hoy parece más necesario hablar de la cultura de la importancia. Porque el problema no es el hibridismo o el bastardismo de la cultura actual. Ni siquiera la devaluación de lo que entendimos como alta cultura ante lo masivo, sino su soterramiento ante tal cantidad ingente de banalidad aplastante. El problema en estos días de populismo rampante y cancelaciones es que quieren hacernos creer que pensar (con la mayor libertad y los menos prejuicios posibles) no está de moda.

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