Opinión | ágora

"La muerte será un descanso"

He venido hasta Tunja, la ciudad colombiana de la que dice una leyenda urbana que sirvió a Hitler de refugio tras simular su suicidio en Berlín. La leyenda evoca lo recóndito de esta ciudad en medio de los Andes orientales, a casi tres mil metros de altitud. Pero hasta aquí han querido venir cerca de setecientos filósofos colombianos para celebrar el noveno congreso nacional de su sociedad. Mis viejos amigos Maximiliano Durán y Carlos Patarroyo han tenido a bien invitarme a dirigirles la palabra y aquí estoy, hablándoles después de un largo día sin dormir, roto por el jet lag.

Lugar con un pasado colonial importante, construida sobre la ciudad indígena de Hunca, la capital de los muiscas, fundada en 1539 por un jerezano, Tunja tiene la estructura de las ciudades coloniales con esas calles que serpentean las colinas, con sus casas de balcones de madera pintada, de ventanas con jambas de piedra dorada, con sus aceras altas de duros arriates eternos. Aquí «usted» no es «vos», ni desde luego usted y en modo alguno tú. Aquí en los comercios o en los hoteles se trata al cliente o el viajero de «su merced».

Conmueve escucharlo, como conmueve comprobar que ya en la carta que otorgó Carlos V se habla así: «Es nuestra merced e mandamos…». Como se puede suponer, el trato es afable y no te extraña que, al bajar del taxi, alguien te despida con «que Dios te bendiga». No hay aquí esa obsesión por la seguridad de Bogotá, y las casas están adornadas de sencillas rejas coloniales sin aparato. Para un andaluz resulta emotivo que la bandera de Tunja sea la blanca y verde, la de Andalucía, solo que adornada con el escudo imperial carolino del águila bicéfala con los blasones de Castilla y León. Esa bandera se denomina «arbonaida», una voz mudéjar que aquí se ha conservado de milagro.

Los filósofos que se han desparramado por los hoteles de la ciudad, y que han recorrido sus calles platicando, han elegido por tema las aventuras y transformaciones de la crítica. Querían celebrar a la vez el centenario de Kant y el de la Escuela de Frankfurt. El congreso siempre tiene un país invitado y esta vez era México, así que ha venido una representación nutrida del gran país hispano. De esta forma se configura una conversación filosófica en español que se intensifica con el gran congreso iberoamericano de filosofía que tendrá lugar en Uruguay a finales de año y que reúne a representantes de todas las sociedades nacionales.

No aprecio aquí el papanatismo provinciano de adorar a las estrellas fulgurantes de la filosofía mundial. Por supuesto, ninguna de estas personas ignora la dificultad en que está la Universidad y dentro de ella la Filosofía. Pero hay una forma de luchar en estas tierras firme y sencilla, sin aspavientos, pero con férrea obstinación. Aquí no veo tanto la seducción de las modas. Si se mantiene la tradición de «su merced», imagínense como se mantendrá la tradición de Kant o de Hegel.

Aprecio una cierta ingenuidad suave en estas gentes, que se aferran a los clásicos como condición central de su oficio. Ser filósofo es hablar desde ellos, pero hablar sobre el hoy. Ayer asistí firmemente impresionado a la charla de un joven que analizaba con toda meticulosidad la llamada cultura de la cancelación con argumentos hegelianos y mostraba hasta qué punto es una reedición de las viejas formas de la censura, autoritaria y sádica, que ya ha abandonado toda aspiración de reconocimiento y de mejora del otro.

Aquí los filósofos no luchan por la celebridad, sino por educar a la juventud a vivir en medio de la multiplicidad étnica, de clase, de cultura. «Ser líder social no es un delito: A estudiar y a luchar», dice una pintada de colores alegres en la escalera de la destartalada sede de la Universidad. La pedagogía, la forma de enseñar la filosofía, es uno de los intereses fundamentales del congreso y todos se organizan como si estuvieran ante una lucha eterna. Como digo, hay algo de entrañable sencillez en estos rostros, un profundo contraste entre la precariedad de las instalaciones y la viveza de los intereses. Tunja inspira algo de ese espíritu. Todo es humildad por aquí, pero el aire es tan fresco y afilado que, si lo respiras hondo, se te va el mal de altura e incluso un corazón cansado, como el mío, se siente joven.

Silvana Ravinovitz es una filósofa argentina afincada en México y ha dictado una conferencia sobre el pesimismo actual. Ha recordado aquella frase de gran Günter Anders de que la índole del pesimismo reside en considerarnos como los primeros de los últimos hombres. Y ha definido nuestra condición actual como aquella en la que, lejos de no realizar lo que imaginamos, como les sucedía a los soñadores antiguos, padecemos el sufrimiento de no poder imaginar lo que hacemos.

Debatí con ella sobre el apocalipticismo del presente y coincidimos en que allí donde el Apocalipsis se pone de nuevo en movimiento es que un poder imperial se quiere asegurar. Pero la calma colombiana, que se ha tragado sin pestañear dos millones y medio de venezolanos, parece lejos de este pesimismo. Entrando al edificio central de la Universidad descubro otra pintada que me parece dibujar bien el alma antigua de este pueblo. «La resistencia es tan fuerte, que la muerte será un descanso». Y me da envidia que alguien sienta así. Y lo admiro.