Opinión

Pensaba que esto del periodismo era un oficio

La verdad se ha vuelto más resbaladiza. Los hechos y las palabras se han impregnado de desconfianza, que es la palabra de estos tiempos. Hoy la pregunta es, sobre todo, si has verificado todos los datos, si no te la han colado y has patinado

En una fachada cercana alguno ha dejado su mensaje de odio. "Rojos no. Gracias"

En una fachada cercana alguno ha dejado su mensaje de odio. "Rojos no. Gracias" / LEVANTE-EMV

Vuelves en septiembre a las calles de siempre y parecen otras. El viejo no está. El hombre que pasa horas sentado en la puerta de su casa a verlas venir, con su puro apagado en la boca, medio dormido a veces, hasta que sorprende con alguna pregunta sobre lo que se habla cuando se quiere hablar pero no hay motivo. «Com va quedar anit el Llevant?» El viejo no está y no te das cuenta hasta que pasan unos días y te dicen que una mañana de agosto no llegó a la puerta. Eres incapaz de recordar la última vez que le viste. Ahora intentas retener en la mente cada vez que encuentras alguno de los viejos de siempre. Martes, 9.30, don Antonio, esquina de la iglesia. Das a guardar y sigues andando.

Sigues andando sobre el suelo mojado y, de pronto, el crío que va delante se para en la frutería y asoma la cabeza dentro. Los dueños, paquistaníes, están ocupados y él coge con sigilo un melocotón del montón más cercano a la puerta y se lo mete en el bolsillo del pantalón. Sigue andando, gira la cabeza y te ve. Sonríe en busca de complicidad. Es marroquí, está en la calle, dice. Sigo andando sin dejarme de preguntar qué es lo correcto.

Ser periodista no es un oficio fácil. Supongo que ninguno lo es, pero este es el que conozco y sé que cada uno se lleva a su cama cada noche como mínimo una duda. A veces, varias. Sé que ser periodista es saber vivir con ese runrún permanente. ¿Se te ha quedado alguna comprobación por hacer? ¿Estarás siendo desleal con alguna fuente? ¿Lo tendrás suficientemente atado? ¿Podías haberlo hecho de otra manera? ¿Debías haber mirado el asunto desde otro enfoque? ¿Puede que cuentes la verdad sin maquillajes, pero aportará algo o traerá consecuencias negativas a los implicados? Esto, o parecido, es lo que uno lleva años metiendo debajo de la almohada que no utiliza.

Hoy se han añadido otras dudas. La verdad se ha vuelto más resbaladiza. Los hechos y las palabras se han impregnado de desconfianza, que es la palabra de estos tiempos. Hoy la pregunta es, sobre todo, si has verificado todos los datos, si no te la han colado y has patinado.

Hoy no se trata de que un cabecilla valenciano de la ultraderecha pueda compararse con la Rosa Blanca. Se trata de que se da el contexto lo bastante espeso y turbio para que la frase pueda ser digerida sin vomitar. No se trata de que no sea cierto lo dicho. Se trata también de que relativiza el valor de los hechos reales, de aquel grupo de jóvenes que se dejó la vida por intentar destapar a los ojos de los alemanes lo que estaba haciendo el nazismo.

La necesidad del respeto

La verdad, más que protección y leyes, necesita respeto. Y eso es lo que no dan estos tiempos, incendiarios y alegres. Eso hace que parezca que las palabras pesen menos. Entre políticos que se dejan crédito y periodistas menos dignos de ser creídos, crece un mundo de desconfianza, un mundo partido entre quienes cada vez están más desconectados y otros, cada vez más enfurecidos.

Sigo andando. En una fachada cercana alguno ha dejado su mensaje de odio. «Rojos no. Gracias». Al menos, queda algo de educación. Da igual el destino del desatino. Podía ser al revés: fachas, no (sin gracias). Lo indigesto es tantas ganas de excluir, de quedarse solos. Tantas ganas de ver dictaduras en ojo ajeno. Tantas ganas de odiar como para coger un bote de espray y despreciar en una pared ajena.

Y uno empieza a dudar de que pueda llegar una regeneración esplendorosa. No porque no quiera creer, sino porque el ansia de dejar fuera al otro la observa igual en los políticos que empiezan a subir al atril como en los que diría que sabían algo más de abismos. Lo que vendrá es otra cosa, pero no sé si merecerá la palabra de regeneración, aunque lo quieran llamar así.

«Pensaba que esto del teatro se trataba de un oficio. Y no. No lo es. Ya no sé si lo volverá a ser alguna vez». Leo la frase de Xavo Giménez en un memorable artículo de Voro Contreras en este diario sobre la última obra del actor, nacida del dolor, el amor y la muerte, el triángulo de la vida.

Nunca pensé que esto del periodismo se trataba de un oficio. Quizá ese es el problema. Quizá es tiempo más de reglamentos y no tanto de principios.

Sigo andando y pienso si no debería haber avisado del hurto, si no sería mejor que el chico aprendiera alguna lección. Pienso que solo es un hambriento que ha buscado algo de comer. Pienso que es un chico solo en una ciudad desconocida y un país del que no sabe nada. Pienso qué será si las calles se llenan de gentes que van cogiendo lo que necesitan sin respetar las normas. Pienso qué hubiera pasado si hubiera pedido a los paquistaníes la pieza de fruta. ¿Ayudar o condenar?

Sigo andando y anotando cuando me cruzo con los viejos del lugar.

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