Opinión
Lo roto
Diría que el mundo es un artefacto de piezas rotas, pero que las piezas rotas del artefacto hacen que se mueva a la perfección según su propio sistema imperfecto

Una persona sostiene una edición del libro "Don Quijote de la Mancha" del autor Miguel de Cervantes. / EFE/ AILEN DÍAZ
El universo es una perfecta colección de imperfecciones que terminan encajando. O eso me parece a mí, que soy una imperfección absoluta que no sabe nada acerca del funcionamiento de las cosas, y menos aún acerca del funcionamiento del universo mundo.
Ahora bien, cuando me pongo en plan de observador de los fenómenos, en modo de filósofo doméstico, tengo la impresión de que lo que nos rodea, si lo analizamos de forma individual, con la lente de aumento de nuestra conciencia, resulta por lo general mejorable, discutible; pero el conjunto de lo que nos rodea, a la debida distancia, funciona como un todo milagroso. O eso le da por pensar al pensador esporádico que vive en mí algunas tardes de cielo encapotado sobre la ciudad.
Convertido todo lo anterior al lenguaje privado, diría que el mundo es un artefacto de piezas rotas, pero que las piezas rotas del artefacto hacen que se mueva a la perfección según su propio sistema imperfecto. Lo roto funciona. Lo roto marcha. Lo roto se mantiene en pie. Lo roto no lo está tanto como parece. Lo roto está quebrado, pero no destruido. Lo roto se las compone para no desaparecer. Nosotros somos también lo roto. Y vamos tirando. Como va tirando todo lo que vive.
A menudo pienso en las casas antiguas, sin cimentación, pero perfectamente cimentadas sobre el suelo, a pesar de no tener cimientos. Esas casas tienen carcoma, puede que termitas, pero sus viejas vigas de madera (que no vemos, a Dios gracias, porque si las viésemos nos desmayaríamos) sostienen la estructura desde hace más de cien años. Los muros soportan humedades que han acabado por deshacerlos, pero han encontrado la manera de apoyarse los unos sobre los otros para mantenerse en pie. Más tarde o más temprano, más temprano que tarde, a todos se nos pone cara de casa antigua, y manejamos nuestra vida diaria con el mismo plan de supervivencia arquitectónica.
Con la literatura ocurre lo mismo, incluso con la gran literatura. Lo roto, lo descosido, lo agujereado de la escritura se hace fuerte sobre sí mismo para levantar la totalidad de la obra, la totalidad de lo escrito. Desde ese punto de vista, una obra literaria es también un artilugio siempre anómalo que está obligado a hacer de su anomalía una virtud, una forma de estar entre la anómala tradición.
A menudo pienso en la mula de Cervantes en el Quijote. Esa mula que le afearon los lectores recalcitrantes. La mula que reaparece por error en la novela, y que le sirve al narrador para burlarse de sí mismo y de sus críticos puntillosos. La mula rota. Lo roto, hecho mula, para seguir funcionando.
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