Opinión | Ágora
La rutina del 9 d’Octubre
La rutina, como no podría ser de otra manera, se repite. Por eso es rutina. Un nuevo 9 d’Octubre, Día de la Comunitat Valenciana o del País Valencià, según quien, que básicamente, servirá a un doble propósito. Por un lado, para desviar por unos días el foco ante tanta injusticia social, tanta realidad casposa, tanta trifulca política inútil, tanta desigualdad como vemos cada día por doquier.
Por otro lado, recibiremos la dosis necesaria de patriotismo, casi siempre superficial y rancio, que nos servirá para llegar al 9 d’Octubre del próximo año, ofreciendo nuevas glorias.
De la parte injusta, casposa y políticamente inútil, quisiera destacar que lo que sea o deje de ser el pueblo valenciano, es fruto de un proceso mucho más complejo, rico y variado del que nos quieren hacer ver los detentadores del poder, sin excesiva diferencia entre quienes se proclaman de derechas o izquierdas, siempre intentando redirigir el pensamiento colectivo hacia un modelo de sociedad muy concreto. Siempre queriendo hacernos creer, que lo que tenemos, mejor ni tocarlo, porque es lo perfecto, y por tanto cualquier otra cosa sería peor. Ya es una realidad consolidada y tristemente asumida, el que decidan por nosotros sobre qué debemos celebrar, cómo y cuándo celebrarlo, qué debemos pensar, cómo debemos actuar.
Sin olvidar la organización de unos fastos políticos autocomplacientes (nada de críticas), en los que colgarse unas medallas por lo bien que lo hacen, así como la promoción y asistencia a actos confesionales católicos, obviando el carácter laico de la actuación política, que debería ser una seña de identidad en una verdadera democracia.
Tendríamos que repensar qué vamos a celebrar cuando hay tanta gente con trabajos precarios, o simplemente sin trabajo y sin perspectivas de tenerlo. Qué celebrar, cuando muchos discapacitados han estado años, o todavía están, pendientes del cobro de ayudas o cuando las familias que reciben el Ingreso Mínimo Vital sólo son el 11% de las que lo necesitarían. Cuando tenemos una agricultura moribunda, sin ninguna perspectiva ni recambio futuro. Cuando este año ya tenemos más de mil familias afectadas por desahucios hipotecarios, perdiendo la vivienda por no poder pagarla, algunos incluso estando trabajando.
Cuando la atención sanitaria va de mal en peor, mientras hay multitud de médicos en paro. Cuando los estudiantes, se las ven y se las desean para encontrar vivienda a precios asequibles. Cuando la calidad de la enseñanza es una burla por la falta de presupuestos y el aumento de ratios en la aulas, pasando de 25 alumnos a 30 en infantil y de 30 a 36 en la ESO. Cuando la cultura en general, y el valenciano en particular, no les importa absolutamente nada, como se ha demostrado en la inexistente celebración institucional del centenario de nuestro poeta Andrés Estellés. Cuando nos dicen que estamos en crisis y que el dinero público escasea, pero los corruptos siempre encuentran de donde sacarlo. Cuando se nos pide que votemos aquí, pero las decisiones que más nos afectan, se toman a miles de kilómetros, en Bruselas (Consejo Europeo), Fráncfort (Banco Central Europeo) o Nueva York (Fondo monetario).
De la parte patriótica, no me quedaré menos corto en la crítica. Después de sesenta y tantos años, todavía me tienen que convencer que el patriotismo sirve para algo. Me encanta la tierra donde nací, sus paisajes, sus montañas, su clima, pero también muchas de las tierras que he recorrido por medio mundo. Me encanta mi lengua materna (catalán), la primera con la que me comuniqué, pero también otras que aprendí o que simplemente oí.
No me identifico con ninguna tela que venga a decir aquí vivimos nosotros, este pedazo de tierra es nuestro o aquí somos mejores que los de al lado. Me gustan las comidas del lugar donde vivo (paella, fideuà, arnadí, figatells, arroz al horno,...) pero las he probado iguales o mejores (y también peores) por medio mundo. No veo porque he de sentirme más unido a alguien a quien no conozco pero que vive a 100 km, que a otra persona que tampoco conozco y que viva a 5.000 km.
No creo que la religión con la que me adoctrinaron desde que nací, sea la verdadera. De hecho creo que todas las religiones son falsas. Costumbres buenas y malas las he visto tanto en esta tierra, como en el resto del mundo. Tradiciones avanzadas y retrogradas se reparten por igual, vayas donde vayas.
Me gusta la música de Llach, Raimon, Al Tall, Bonet, Zoo... tanto como la música palestina, nicaragüense, saharaui, kurda, cubana, maliense, argentina o etíope. Me identifico con aquello de «primero los de aquí». Sólo que para mí, ‘primero’ significa quien tenga necesidad, y el ‘aquí’, es el mundo entero, sea Galicia o el Kurdistán.
Bajo la denominación de patriotismo, he visto mucha cultura, mucha solidaridad, muchas emociones, pero también mucha incultura, dura insolidaridad, triste fanatismo, gran ignorancia y fatal dogmatismo.
Entre tanta celebración lúdica, consumista e intrascendente (fiestas patrióticas, semanas santas, navidades, vírgenes variadas, festejos taurinos, días nacionales de, …), quizás algún día quepa otro tipo de celebración, que más allá de la injusticia, la caspa y el patriotismo, sirva para mejorar un poco este mundo, evitando que los sueños se nos vayan de las manos, exigiendo justicia social e impregnando la convivencia de cultura, respeto, dignidad, solidaridad y apoyo mutuo. n
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