Urbanismo

Los silencios del colegio de San Nicolás

Moisés Domínguez

Moisés Domínguez

En el tránsito entre la plaza de la Virgen y la del Mercado, la trama urbana serpentea por algunas de las calles más antiguas de la ciudad. Y serpentea porque, precisamente, ha conseguido, mal que bien, preservar algunos de los trazados más añejos de lo que fue la ciudad primigenia.

Callejear por esa zona supone la posibilidad de perderse durante unos minutos hasta encontrar un sitio que vuelva a «sonar» para retomar el camino. Hay cuestas, sutiles, pero reales, que hablan de la pequeña elevación del terreno sobre la que se asienta el centro de València, y que conforma la pequeña isla que rodeaban los dos brazos del río Turia. Y hay todavía muchos vestigios arquitectónicos de la València decimonónica, junto con algunas atrocidades, mucho más modernas, que merecerían el derribo mucho antes que las fincas más degradadas.

Uno de los inmuebles más grandes, y que está pendiente de tener una segunda vida, es el Colegio de San Nicolás. Con su particular historia de nunca acabar. Aquel espacio en el que miles de niños de varias generaciones se formaron. Pero, sobre todo, un lugar que era barrio. «Los alumnos eran sobre todo gente que vivía en estas calles», dice José Manuel Rodríguez Cascales, uno de los ex alumnos. «Había un comedor, en el que se comía bien, pero para muchos de nosotros era un camino de unos minutos desde casa».

Se trata de un colegio para todas las edades escolares, «de Párvulos a Octavo de EGB», que ocupa una gran parte de una manzana rodeada por las calles Valencians, Calatrava y Cadirers -en cuyo número 2 está la dirección postal-. Fue construido en el año 1880, después de que existiera la escuela parroquial, datada casi cien años antes, en 1789. Dispone de planta baja y dos pisos, para una superficie construida de 2.610 metros cuadrados repartidos en sus tres niveles. Abraza otra finca, la de Calatrava 3, convertida en un coquetón y remozado edificio de viviendas, que hace tres años vendía inmuebles por más de 600.000 euros.

El edificio fue cerrado «a finales del pasado siglo, no más pronto», recuerda David González, otro de los ex alumnos. «Tenía una clase por curso». Si no hubiese cerrado ayer, lo habría hecho hoy: con los parámetros actuales, la escuela parroquial no habría superado ninguna de las exigencias mínimas para poder tener la catalogación de centro de educación.

Una vez perdida la función pedagógica -y arrastrando una deuda millonaria- el objeto social del inmueble ha ido cambiando y pasando de manos. Ha sido señalado como espacio para pisos, para residencia de estudiantes extranjeros -que provocó, en 2017, una manifestación de «entierro»- y, ahora, como hotel. Hasta ahí, todo normal. Pero el proceso sigue parado desde hace años.

El pasado verano fue noticia por el intento de desalojar a las personas que viven en régimen de okupación. Allí llegó una brigada de Desokupa con Daniel Esteve a la cabeza, pero finalmente abandonaron el lugar, tomado por las policías Nacional y Local. El caso seguirá su curso judicial para el desalojo y la reactivación.

Hace apenas unos días, otro ex alumno del colegio pudo acceder a su interior y ha permitido reabrir una auténtica cápsula del tiempo. El creador urbano Pau, que firma sus actuaciones como «Patufalla», repasó las plantas del edificio, reeditando una visita que hizo años atrás.

Azulejos, grabados...

El colegio preserva su trama y algunos elementos que distinguiría cualquier alumno, como los mármoles de las escaleras, los azulejos cerámicos o la pintura a dos colores de algunas aulas. Techos a ladrillo descubierto y hasta la vieja azotea, que en su momento se utilizó también como zona de recreo. Ha volado la instalación eléctrica, en algunos casos literalmente arrancada y también contiene los elementos propios del abandono y la okupación: muebles apilados -no procedentes de viejo colegio- pintadas y cascotes.

De entre todas las imágenes llama especialmente la atención una que corresponde a la escalera. En ella, apoyado en la pared -de la que han volado cuarenta azulejos- dos grabados antiguos, aún enmarcados.

En mejor estado que antaño

La sensación que vio el autor es que «estructuralmente, el inmueble parece en buen estado, pero tampoco puedo decirlo categóricamente». Y más aún: mejor que hace uno años. «Hace ocho años ya hice una visita y ahora mismo está bastante más limpio». No siendo precisamente el Ritz, «esta bastante cuidado en general. La cocina por ejemplo está en buen estado», asegura Pau.

David González parece tener una explicación. «Es que ahí, entre los que ocupan, hay estudiantes. Y están viviendo ahí a todos los efectos». No son especialmente revoltosos. «La verdad es que no. Alguna vez pueden hacer algo más de ruido, pero son por lo general tranquilos». Un repaso al vídeo de Pau de hace ocho años y el presente corrobora la mejora del estado del inmueble. En aquella ocasión, el patio de colegio era un vertedero, con viejos muebles del antiguo colegio, especialmente sillas y mesas y hasta una antigua barra de bebidas. Todo eso ha desaparecido y la imagen actual es un particular «lounge okupa», con el suelo totalmente limpio, sillas, mesas y alguna planta.

Aquel primer vídeo, publicado en septiembre de 2016 bajo el título «La Vuelta al Cole», es un recorrido por las instalaciones, alternado con imágenes de súper 8, «porque busqué a un profesor mío que grababa» los actos que se celebraban en el mismo -tenía su propia falla- y en el que el sonido infantil se traslada a las aulas desvencijadas, como si de una psicofonía se tratara.

Ese patio tiene todas las impregnaciones. «Era el sitio en el que, antes de las nueve de la mañana, los alumnos teníamos que estar formados, agrupados por cursos, para acceder ordenadamente a las aulas», recuerda Cascales. Tenía la mínima expresión de zona de recreo y actividad pero, por contra, disponía de un pequeño gimnasio.

«En ese gimnasio se hacía además karate como extraescolar», recuerda David. Era tan pequeño el patio que «la Educación Física había que hacerla en la Iglesia de la Compañía, en un solar». Cuentan las crónicas que al colegio no le faltó ni la historia negra, cuando uno de los alumnos se mató al caer accidentalmente desde la azotea a la calle.

Pancartas y reivindicaciones

Del deslunado cuelgan varias pancartas. Son las mismas que se exhibieron en la Facultad de Geografía e Historia durante la Mostra d’Art Públic de 2021, en el que se hacía un homenaje al movimiento okupa, bautizado como «Els Crits», con el nombre de los diferentes movimientos de la ciudad.

Huelga decir que la ocupación del inmueble es una forma de intentar reivindicar su espacio como lugar para otro empleo social. La historia de futuro está escrita de antemano: los ocupantes serán desalojados y las aulas se reconvertirán a habitaciones. Mientras, las señales también se ven desde fuera, porque la planta baja tiene sus ventanas abiertas. Se distinguen trastos a tutiplén.

En los exteriores hay una auténtica exposición de Paste Up, incluyendo alguna creación del propio Pau. En una de las ventanas, los okupas han rotulado su declaración de intenciones. «¿Sabías que esto podría ser un hotel pero es un Colegio Social Okupado, Anarquista?». Y palabra por palabra: «Antiguo Colegio porque gracias a la turistificación no queda ningún otro en el barrio. Social porque es para todos. Okupado porque utilizamos la ocupación como herramienta y rechazamos la propiedad privada. Anarquista porque no creemos en la autoridad y sí en la autogestión». Y proclaman su bienvenida a «putas, migrantes, bolleras, trans, locas, okupas, frikis, neurodivergentes, frikis, maricas, travelos, iaias, marginadas, desviadas, raras, intersexuales, presas, refugiadas, precarias, pobres, vagas y maleantes. Las que alteran el orden y rehuyen la ley».

El colegio reunía a niños desde los antiguos Párvulos a la antigua EGB. Hacía tanto barrio y vecindario que, muchos años después de su desaparición, se mantienen redes sociales de ex alumnos. Ahora, tal como dice David, «si es hotel, mejor que apartamento turístico. Pero el uso que debía haber tenido no era ese. Al barrio le falta un Centro de Día, una residencia de Personas Mayores, un centro cultural...».

Pau recuerda la primera visita. «La verdad es que me hizo ilusión llevarme tres sillas». No lo oculta. En caso contrario, ahora serían escombro. Le reconforta que «lo veo bastante aseado y entre que esté usado por gente a que esté degradándose, mejor que esté así». No parece, sin embargo, que en el futuro siga pudiéndose aplicar una de las frases rotuladas en las paredes. «Feliz el que encuentra la sabiduría». En el mejor de los casos, el confort. Y el desayuno continental. Pero eso será dentro de años. Si el destino no gira. n

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