Opinión | Análisis

Sostener la bandera, un siglo después

Una manifestación contra Peter Lim.

Una manifestación contra Peter Lim.

Los caminos hacia la sostenibilidad, en el fútbol, no son tan inescrutables. Son tan viejos como «la voluntad de querer llegar», la sentencia con la que, con solo cuatro años de vida, el Valencia era definido por emisarios checos de visita en la ciudad y fascinados con el entusiasmo fanático de un club joven, pero con un apetito antiguo. Querer comerse el mundo, sin pedir permiso, ocupando el centro de la ciudad para mostrar con orgullo la nueva bandera del club. Aquella carta de presentación, de la que el sábado se cumple un siglo, ha sido nuestra única y enérgica manera de exhibir sostenibilidad.

Asumir como normalidad ir al campo del Atlético y no comparecer como los rivales de toda una vida, indica la gravedad del asunto, el grado de desnaturalización tras una década de lento veneno. «No es bueno entrar en el bucle de tener siempre que vender como recurso para lograr el equilibrio, por ello debemos entrar recurrentemente en Europa», señalaba en Mediterráneo Fernando Roig Negueroles. El Villarreal muestra una readaptación moderna de aquella voluntad de querer llegar. Una idea que choca frontalmente con el argumentario extendido por Meriton desde 2019, año cero del desplome acelerado de la institución. Aquellas intervenciones de Murthy asegurando que la plantilla era cara, mayor y no siempre se podría entrar en Champions. Del riesgo de la ambición, a la irrelevancia por inanición.

Que el Valencia pueda bajar a Segunda no es ninguna amenaza, es una realidad inducida desde la refundación del club ordenada por Lim en 2019. Quizá la pregunta idónea que habría que hacerse no es si podemos descender, hoy una obvia realidad, sino cómo se ha sido capaz hasta el momento de detener ese destino con tal gestión. En realidad, seguir vivos, es una prueba de las raíces profundas de la entidad, de la lealtad de su masa social, de la riqueza de Paterna. Pero el desgaste y el sufrimiento han sido tan bestias que hasta la más absoluta de nuestras certezas como club ya tiembla, ya no parece infalible.

Queda Mestalla y sus 40.000 almas, recuerda con acierto Cañizares. Queda una plantilla de gran talento canterano, aunque asolada por una decadencia mayor que la supera. Este sábado contra el Girona, aquella jubilosa marcha cívica cumplirá un siglo y nos sorprende exhaustos hasta para protestar, casi sin fuerzas para seguir sosteniendo la bandera.

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